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Emecé, 2004, $11,90

 

Si para el Génesis el principio fue la palabra, para Florencia Abbate el punto inicial lo constituyó el Grito. Es desde ese particular espacio de confusión que se despliegan los cuatro relatos reunidos en ésta, su primera novela.

La técnica es conocida: ante nuestros ojos desfila una serie de personajes aparentemente inconexos, cuyas historias se imbrincan y contaminan durante el transcurso de la lectura. Las voces de Federico (un estudiante universitario que busca infructuosamente su lugar en el mundo), Horacio (un guerrillero sumido en la melancolía del *podría haber sido*), Clara (una artista entregada al estado reflexivo de su enfermedad) y Peter (un homosexual dominado por su sádica pareja) se reúnen en el famoso *collage*literario.

El texto, en apariencia un simple relato coral, adquiere una mayor profundidad en los múltiples guiños al lector. De esta manera, mientras la trama principal de la novela se estructura en base a los cuatro protagonistas, el plano subyacente se articula a partir de cuatro exponentes de la intelectualidad: Warhol, Luxemburgo, Sade y Nietzsche.

La posmodernidad nos golpea con toda su fuerza. El caos, el dolor y la eterna sensación de pérdida se hacen presentes. Diciembre de 2001, sin embargo, nos expulsa de todo lugar común y le devuelve a la literatura una condición esencial: la de relato fundacional.

—Carolina Fabrizio.

Julián Urman: Ravonne

Tamarisco, 2007, $25

Entre el lenguaje literario y el audiovisual, Urman crea esta novela buceando entre los recursos que ambos ofrecen.

Del lenguaje audiovisual tenemos la reiteración de separaciones temporales “Más tarde”, “Mientras tanto…” (que pareciera remitir al montaje paralelo), además de la sucesión de acciones intercaladas por continuas puntuaciones y minuciosas descripciones como si se tratara de un guión. Sin embargo, hay ocasiones en las que lo narrado excede a la imagen y allí se despliegan los recursos específicamente literarios como una variación pronominal que explicita el estado interior de Candelaria (la ex pareja de Ravonne): “Piensa en Roberto, todavía le cuesta creer en lo que te transformaste, mi amor… pero no te preocupes que todavía queda camino y yo me voy a encargar de que cada paso sea grandioso y, por supuesto, televisado” (Urman, 2007: 7).

Si en la pantalla primero vemos a un personaje pensativo, dubitativo, enfrentado a determinadas circunstancias y eso se refleja en sus acciones, acá podemos saber las perspectivas personales de cada uno, lo que piensan, lo que sienten, lo que sueñan. Este detalle no es para nada menor en un mundo actual donde prácticamente todo está espectacularizado, donde la pantalla parece atraparlo todo en la maraña de rayos catódicos, aunque haya, sin embargo, mucho que se le escape y que también pueda ser capturado por otra aglomeración, la del lenguaje escrito.

Incluso dentro de la novela podemos apreciar mundo ficticio, el de la de la televisión, donde actúa Candelaria y donde solía tener un famoso programa Ravonne que se convirtió en dueño de una rotisería. Pero ese mundo es excedido ampliamente por lo que sucede fuera de pantalla y en muchos casos pretende, hasta por la fuerza, ingresar en ella.

Otro punto interesante es la aparición en el interior de la novela de lo que podría entenderse como su propio principio constructivo: “Con pedazos de una historia se construye otra, distinta, aún cuando se parte de los mismo, como si la historia no fuera sino un agregado de hechos.” (Urman, 2007: 19). Precisamente las historias se van sucediendo y entrelazando a través de una matriz fundamental constituida justamente por el personaje cuyo nombre da título la novela.

Lo que las historias tienen en común se manifiesta, por ejemplo, a través de las reiteraciones. Puede tratarse de un objeto que persigue mentalmente a un personaje o puede ser una frase que se repite una gran cantidad de veces, como una notoria obsesión. También aparecen ciertas temáticas en común como las pesadillas o las mascotas de los personajes que están conectados entre sí en dos niveles, uno exterior que corresponde a sus vinculaciones con los demás, a las historias con las que se van entrelazando y otro mental, interior.

En medio de esta gran cantidad de recursos no faltará la crítica al voraz y frívolo mundo televisivo ya sea para alguien que esté inmerso y que forme parte del mismo, como Candelaria, o para un Ravonne que dejó de ser famoso pero que volverá a aparecer forzosamente en los medios.

Esta atractiva primera novela que no escatima en complejidades le augura a Julián Urman un futuro más que promisorio.

—María Virginia Gallo

Título original: I am legend

Minotauro, 2005, $18

No es de extrañar que una novela como ésta llegase eventualmente a la pantalla como película norteamericana: el resumen de su trama bien podría pasar por el de una película hollywoodense promedio. Si sólo damos cuenta del hilo conductor, se puede decir, rápidamente, que es la historia de un hombre que se ha quedado solo en un mundo que una extraña epidemia dejó poblado por vampiros, con el condimento sentimental de que en las filas de los contagiados se cuentan su mujer y su hijita. Basta ingresar al texto de Matheson para empezar a sospechar que hay más que esto en juego.

 

“Los vampiros pertenecían a otra época, como los idilios de Summers o los melodramas de Stoker. Eran sólo un párrafo en la Enciclopedia Británica o materia prima para escritores o películas de segunda clase. Una débil leyenda que había pasado de siglo en siglo.

Bueno, era cierto”

 

Ese fragmento, perteneciente a la página 25, a sólo dieciséis del comienzo, ya condensa el tono general de la obra. Lo que  Matheson pone en escena es un hombre solo, rubicundo, cuarentón y fuerte, que escucha sinfonías, asalta bibliotecas desiertas y se dedica a la experimentación con microscopio incluido, contra un mundo que se le vuelve totalmente ajeno. Un ser humano que de simple trabajador un poco dependiente de su mujer se va enquistando mental y espacialmente, hasta convertir su casa en un templo de los estereotipos de los sueños modernos: se dedica a todas aquellas grandes obras de cultura que supuestamente habrían de cambiar el mundo (asesinatos incluidos), para convertirse en un ser brutal, sin palabras, con mucho conocimiento técnico, con mucha desconfianza, y con muy pocas esperanzas. En todo esto se deja adivinar el eco de la Segunda Guerra, la búsqueda frenética de perfeccionar armas, de espiar al enemigo, de percibirlo como esencialmente distinto, física y mentalmente, y de convencerse de que si un ser humano pasa a convertirse en Otro, en un representante de lo diferente, hay que matarlo aunque esté vivo, aunque en mejores tiempos haya sido familiar o amigo. Es la narración del proceso mediante el cual un hombre mediocre se convierte en un asesino, con el que un lector atento se asusta de simpatizar. Porque no queda otra opción, es parte del pacto de lectura, parte del efecto que un narrador en indirecto libre constante y muy bien logrado tiende a producir.

 —Guadalupe Campos

 

 

Anagrama, 2007, $26

Una de las críticas que se le hacían a la narrativa de Pauls, y que él mismo en algunas entrevistas recientes ha validado, era la ausencia de una articulación más directa de su literatura con la política. En esa supuesta carencia encuentra su origen Historia del llanto, su nueva novela. Y es que a través de un personaje (de clase media, progresista, niño prodigio que a los trece años tiene ya una impecable formación marxista, obsesionado con Superman), cuya adolescencia transcurre durante la década del setenta, se va contando, justamente, una falta, una grieta: la que se forma entre nosotros y una época cuando no sabemos “cómo ser contemporáneos”.

Lo que la nouvelle pone en cuestión es qué pasa con aquéllos que vivieron los tiempos de dictadura y no tuvieron la capacidad o la intención de ejercer el heroísmo que ciertos momentos históricos parecen reclamarnos. El relato comienza con una escena peculiar en la que el protagonista, a los cuatro años, simulando volar, atraviesa corriendo una ventana disfrazado de Superman; y por milagro se salva, en lo que acaba siendo su “hazaña más vistosa, si no la única”. Esa escena cifra aquello que Pauls revela: el pensamiento progresista como una épica infantil que escamoteó el cuerpo frente a un tiempo que exigía una entrega absoluta y no sólo intelectual: a lo largo de la novela, se insiste una y otra vez con la voracidad de lecturas marxistas del joven, de cómo esperaba ansioso la aparición de La causa peronista (el órgano oficial de Montoneros) en el kiosco de diarios, etc.; y cómo a pesar de eso, él no dejaba de tener la sensación de ser un farsante, una irrelevancia travestida de heroicidad (hecho que se le hace evidente en un recital de Piero, quien aparece como una objetivación de sí, en un curioso juego de espejos, y que es el “acontecimiento político de su vida”). Que el personaje no tenga nombre propio induce a pensar que se trata menos de una individualidad que de un tipo.

El relato es complejo ya desde el desplazamiento que plantea el subtítulo de la nouvelle: Historia de llanto es “un testimonio”, pero está narrada en tercera persona; la separación del sujeto del enunciado y del de la enunciación altera las expectativas de lectura frente al género testimonial y produce un efecto intrigante. No hay capítulos, no hay diálogos, y el ritmo de la prosa de Pauls nos genera la sensación de estar frente a una novela escrita con una sola oración larguísima; sintaxis líquida que se mueve por tuberías de aposiciones, subordinadas, abismándose en sí misma para saturarse: toda una serie de ramificaciones que tienden a que pase poco, a impedir la acción, en un perfecto correlato sintáctico con la imposibilidad del personaje de actuar sobre el tiempo histórico que le tocó.

Pero además el narrador recurre muchas veces a la interrupción del relato mediante “[…]“, imponiendo en el lector las preguntas “¿qué está elidido?”, “¿por qué eligió obturar ciertas partes?”, y yendo más lejos uno se podría preguntar también: ¿por qué “el que no pudo ser contemporáneo” está imposibilitado de contar, no tiene voz y necesita que alguien se la preste como si fuera un castrati del lenguaje?

Hay, por supuesto, muchos otros costados: la relación entre política e intimidad, entre el padre y el hijo, la representación de la memoria, el trabajo con el lenguaje que arrastra, mixtura e instaura otro orden desarmando la sucesión espacio-temporal, etc., todas cosas que hacen de éste un gran relato. Sobre el final, tal vez haya una búsqueda un tanto forzada de un efecto de “inesperada vuelta de tuerca” que desvirtúa mínimamente la narración.

Historia del llanto, novela corta pero ancha, es –entre otras cosas– el lamento de alguien que podría decir: “he cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer: no he sido contemporáneo”.

—Alejandro Henchoz

 

FCE, 2007, $27

Nacidas juntas, la filosofía y la literatura, con sus afinidades no confesadas y sus recelos, han conformado durante siglos un campo académico de saber, el de “filosofía y letras”, en medio de una cultura contemporánea basada en una técnica que tecnifica el pensamiento, ocupa todas las esferas y desplaza la cultura humanística. Sin embargo, el surgimiento, tanto del pensamiento científico-técnico como de los estudios sobre el lenguaje, ha desestabilizado esa convivencia al punto de considerarse hoy vital el preguntarse por la existencia de identidad y diferencia entre ambos discursos.

En cuatro clases brindadas en 2005 en la Universidad Pública de Navarra dentro del marco de la cátedra Jorge Oteiza para el programa “Arte y cultura en las sociedades del Siglo XXI”, el autor se propone reflexionar sobre la relación entre filosofía y literatura a través del estudio de tres ámbitos discursivos relevantes en el ambiguo vínculo de la identidad o la diferencia entre ambas disciplinas: la poesía, el mito y la prosa, tras una reflexión sobre la semiología literaria en tanto la manera en que el campo de la crítica y la teoría literaria debe llevarse a cabo, pues permite apreciar una posible afinidad entre ambos saberes: la aspiración a la precisión, aquello que constituye justamente lo poético del lenguaje.

La conclusión a la que llega finalmente podría ser que filosofía y literatura confluyen liberando al espíritu de las reglas que lo dirigen, al superar los patrones rígidos de verdad (aquellos que remite la cita inicial de Wallace Stevens, que afirma que “in the long run, the truth does not matter”), con un objetivo en común, el de “rescatar lo singular y lo finito del olvido y de la muerte.” Si bien el tema fue materia general de gran parte de sus publicaciones (afinidades y complicidades entre filosofía y narración en La Lección de Sheherezade y la indeterminación de los géneros y los estilos en Prosa y circunstancia) y de sus actividades como docente, es en este libro donde abordará por primera vez la cuestión en forma específica con el fin de establecer un contexto razonable para su comprensión, a pesar de lo inabarcable de su objeto de análisis y lo imprecisas que son las nociones relativas a ambos campos del saber.

Hijo de la escritora Marta Lynch y profesor en la carrera de Filosofía en la Universidad Autónoma de Barcelona, Enrique Lynch ha llevado a cabo una gran variedad de trabajos siempre relacionados con las letras, como traductor del inglés y el francés de obras de Foucault, Steiner, De Man, entre otros.

—Laura Cozzo


Alfaguara, 2007, $34

En esta segunda novela del notable escritor en que ha sabido convertirse Pablo Ramos, se retoman personajes y situaciones de su novela anterior (El origen de la tristeza, 2004) unas cuántas décadas más tarde. En la vuelta del narrador al barrio de su infancia, las amistades que quedaron en el tiempo, los lugares, los códigos, el estilo gótico del conurbano y el recuerdo retrospectivo del entretejido familiar-genealógico, Ramos encuentra una literatura potente, dura, directa, seca pero suave, que acaricia lo áspero con ternura.

El sarcasmo como única posibilidad de hacer la existencia un poco más tolerable aligera las tensiones de una trama que gana en oscuridad a partir del momento mismo en que comienza, con la muerte del padre del narrador como núcleo sobre el que se estructurará el relato. La continuidad temática respecto de la novela anterior de Ramos es un recuerdo, un guiño para el que la haya leído pero de ninguna manera un impedimento para la lectura de esta nueva novela. Ambas se conforman de manera absolutamente autónoma y los pliegues en los que se tocan son secundarios.

Alejandro J. Soifer