
Una de las críticas que se le hacían a la narrativa de Pauls, y que él mismo en algunas entrevistas recientes ha validado, era la ausencia de una articulación más directa de su literatura con la política. En esa supuesta carencia encuentra su origen Historia del llanto, su nueva novela. Y es que a través de un personaje (de clase media, progresista, niño prodigio que a los trece años tiene ya una impecable formación marxista, obsesionado con Superman), cuya adolescencia transcurre durante la década del setenta, se va contando, justamente, una falta, una grieta: la que se forma entre nosotros y una época cuando no sabemos “cómo ser contemporáneos”.
Lo que la nouvelle pone en cuestión es qué pasa con aquéllos que vivieron los tiempos de dictadura y no tuvieron la capacidad o la intención de ejercer el heroísmo que ciertos momentos históricos parecen reclamarnos. El relato comienza con una escena peculiar en la que el protagonista, a los cuatro años, simulando volar, atraviesa corriendo una ventana disfrazado de Superman; y por milagro se salva, en lo que acaba siendo su “hazaña más vistosa, si no la única”. Esa escena cifra aquello que Pauls revela: el pensamiento progresista como una épica infantil que escamoteó el cuerpo frente a un tiempo que exigía una entrega absoluta y no sólo intelectual: a lo largo de la novela, se insiste una y otra vez con la voracidad de lecturas marxistas del joven, de cómo esperaba ansioso la aparición de La causa peronista (el órgano oficial de Montoneros) en el kiosco de diarios, etc.; y cómo a pesar de eso, él no dejaba de tener la sensación de ser un farsante, una irrelevancia travestida de heroicidad (hecho que se le hace evidente en un recital de Piero, quien aparece como una objetivación de sí, en un curioso juego de espejos, y que es el “acontecimiento político de su vida”). Que el personaje no tenga nombre propio induce a pensar que se trata menos de una individualidad que de un tipo.
El relato es complejo ya desde el desplazamiento que plantea el subtítulo de la nouvelle: Historia de llanto es “un testimonio”, pero está narrada en tercera persona; la separación del sujeto del enunciado y del de la enunciación altera las expectativas de lectura frente al género testimonial y produce un efecto intrigante. No hay capítulos, no hay diálogos, y el ritmo de la prosa de Pauls nos genera la sensación de estar frente a una novela escrita con una sola oración larguísima; sintaxis líquida que se mueve por tuberías de aposiciones, subordinadas, abismándose en sí misma para saturarse: toda una serie de ramificaciones que tienden a que pase poco, a impedir la acción, en un perfecto correlato sintáctico con la imposibilidad del personaje de actuar sobre el tiempo histórico que le tocó.
Pero además el narrador recurre muchas veces a la interrupción del relato mediante “[…]“, imponiendo en el lector las preguntas “¿qué está elidido?”, “¿por qué eligió obturar ciertas partes?”, y yendo más lejos uno se podría preguntar también: ¿por qué “el que no pudo ser contemporáneo” está imposibilitado de contar, no tiene voz y necesita que alguien se la preste como si fuera un castrati del lenguaje?
Hay, por supuesto, muchos otros costados: la relación entre política e intimidad, entre el padre y el hijo, la representación de la memoria, el trabajo con el lenguaje que arrastra, mixtura e instaura otro orden desarmando la sucesión espacio-temporal, etc., todas cosas que hacen de éste un gran relato. Sobre el final, tal vez haya una búsqueda un tanto forzada de un efecto de “inesperada vuelta de tuerca” que desvirtúa mínimamente la narración.
Historia del llanto, novela corta pero ancha, es –entre otras cosas– el lamento de alguien que podría decir: “he cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer: no he sido contemporáneo”.
—Alejandro Henchoz